sábado, 12 de diciembre de 2015

Extractos sobre Edith y Ronald - biografía de Humphrey Carpenter



Carpenter, 1990*, «Lenguajes privados... y Edith».
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(…) a principios de 1908 los hermanos se trasladaron al número 37 de Duches Road (…) y otra pensionista, una muchacha de diecinueve años que vivía en el primer piso, debajo de la habitación de los Tolkien, y pasaba la mayor parte del tiempo atareada con su máquina de coser. Se llamaba Edith Bratt
(…) Pronto se hicieron amigos. Desde luego, él tenía dieciséis y ella diecinueve. Pero él era maduro para sus años, y ella, pequeña y menuda, parecía menor.

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Edith y Ronald comenzaron a frecuentar las casas de té de Birmingham, en especial una cuyo balcón daba sobre la calle. Desde allí arrojaban terrones de azúcar a los sombreros de las personas que pasaban, cambiando de mesa una vez que el azucarero se vaciaba. Más tarde inventaron un silbido privado. Cuando Ronald lo oía, por la mañana temprano o a la hora de acostarse, se asomaba a la ventana para ver, abajo, a Edith aguardando en la de ella.

Entre estos dos seres, sobre todo por el carácter de ambos y la situación en que estaban era natural que floreciera un romance. Ambos eran huérfanos necesitados de afecto, y pronto descubrieron que podían proporcionárselo mutuamente. En el verano de 1909 decidieron que estaban enamorados.

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Pero nuevamente los vieron juntos. Esta vez el padre Francis fue muy concreto: Ronald no debía encontrarse con Edith, ni siquiera escribirle. Sólo podría verla una vez más, para decirle adiós, el día que ella partiera a Cheltenham. Luego de eso no debería comunicarse con ella hasta que cumpliera veintiún años, momento en que su tutor dejaría de ser responsable de él. Esto significaba una larga espera. «Tres años es terrible», escribió Ronald en su diario.
Carpenter, 1990, «T.C., B.S., etc.».
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El padre Francis no era un hombre lúcido, y no entendió que al obligar a Ronald y Edith a separarse estaba transformando un amor juvenil en un romance frustrado. Ronald escribió treinta años más tarde: «Probablemente ninguna otra cosa hubiera fortalecido nuestra voluntad hasta el punto de dar permanencia a esa relación (aunque era sin duda un caso de verdadero amor)».

Carpenter, 1990, «Oxford».
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Recordó luego con tristeza que sus primeros tiempos en Oxford habían transcurrido «con poca o ninguna práctica de la religión». Trató de corregirse y llevaba, para Edith, un diario donde registraba los fallos y malas acciones en los que había incurrido. Pero aunque ella era para él un brillante ideal —¿acaso no se habían jurado amor mutuo, acaso esto no los comprometía? — tenía prohibido escribirle hasta que cumpliera los veintiún años, y esto no ocurriría hasta varios meses después.

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En la Navidad de 1912 estuvo en Barnt Green, cerca de Birmingham, con los Incledon. Esta familia solía animar sus fiestas montando alguna pequeña pieza teatral: en esa ocasión, el mismo Ronald escribió la obra que representaron. Se llamaba «El Sabueso, el Jefe y la Sufragista». Posteriormente, a lo largo de su vida, Tolkien mostró cierto desdén por el drama, pero en esa oportunidad no sólo fue el autor, sino también el actor principal, encarnando el papel del «Profesor Joseph Quilter, M.A., B.A., A.B.C., alias el detective de fama mundial Sexton Q Blake-Holmes, el Sabueso», quien busca a una heredera perdida llamada Gwendoline Goodchild. Mientras tanto, la heredera se ha enamorado de un humilde estudiante que vive en la misma casa de pensión que ella y debe mantenerse oculta de su padre hasta cumplirlos veintiún años —dos días más tarde—, fecha en que será libre de casarse.
Esta disparatada historia familiar era más realista de lo que los Incledon pensaban. No sólo Ronald cumpliría los veintiuno pocos días más tarde, sino que se proponía también reunirse con Edith Bratt, a quien había esperado casi tres años, y que —estaba muy seguro— también lo esperaba a él. Cuando el reloj dio la medianoche, señalando el comienzo del 3 de enero de 1913, su mayoría de edad, se sentó en la cama y le escribió una carta, renovando su declaración de amor y preguntándole: «¿Cuánto tiempo pasará antes de que podamos unirnos otra vez, ante Dios y el mundo?».
Pero cuando Edith respondió, fue para decir que se había comprometido con George Field, hermano de Molly, su compañera de escuela.
Carpenter, 1990, «Reunión».
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El podría haber decidido olvidar a la muchacha. Sus amigos desconocían su existencia, y jamás había informado de ella a sus tíos o primos. Sólo el padre Francis estaba al tanto, y aunque ya no era legalmente el tutor de Ronald, seguía pensando que el vínculo no debía reanudarse. De modo que Ronald podría haber roto la carta y dejado que Edith se casara con George Field.
Pero no era posible romper a la ligera las declaraciones y promesas de los tiempos de Duchess Road. Además, en los últimos tres años Edith había sido su ideal, su inspiración, su esperanza para el futuro. Él había nutrido y cultivado ese amor de modo que creciera en secreto, aunque su único sostén era el recuerdo de un romance adolescente y algunas fotografías de cuando ella era aún una niña. A Ronald sólo se le ocurrió una actitud: ir a Cheltenham, y pedirle que rompiera con George Field y se casara con él. En el fondo estaba seguro de que Edith lo aceptaría. Así lo daba a entender ella en su carta, donde explicaba que sólo se había comprometido con George por lo amable que él había sido; sentía que estaba desperdiciando su vida, no conocía a ningún otro joven, y después de los tres años transcurridos, no creía que Ronald quisiera volver a verla. «Empecé a dudar de ti, Ronald —le decía en la carta—, y pensé que no te preocuparías más por mí.» Pero también señalaba que todo había cambiado ahora que él escribía renovando su promesa de amor.
Entonces, el miércoles 8 de enero de 1913 Ronald viajó en tren a Cheltenham; Edith lo esperaba en la estación. Salieron a caminar al campo y se sentaron a hablar debajo de un viaducto ferroviario. Al fin de ese día Edith había resuelto romper con George Field y casarse con Ronald Tolkien.
Escribió a George y le devolvió su anillo; al principio, el pobre muchacho se sintió terriblemente disgustado, y su familia, ofendida y furiosa. Pero al poco tiempo no se habló más del asunto y todos volvieron a ser amigos. Inquieta ante la posible reacción familiar, la pareja no anunció su compromiso y prefirió esperar hasta que las perspectivas de Ronald fueran más claras. Pero Ronald Tolkien regresó a Oxford con «una explosiva felicidad».
Al llegar, lo primero que hizo fue escribir al padre Francis y anunciarle que pensaba casarse con Edith. Abrigaba temores, pero la respuesta del sacerdote fue serena y resignada, aunque nada entusiasta. Con todo, era una buena noticia, pues aunque el padre Francis ya no era el tutor legal de Ronald, continuaba proporcionándole cierto apoyo financiero muy necesario y era por tanto esencial que tolerara el compromiso.

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A Ronald le irritaban bastante las horas ocupadas por las necesidades domésticas. En verdad, Edith y Ronald no siempre estaban felices juntos. Ya no se conocían tan bien como antes, habían pasado los tres años de su separación en dos sociedades totalmente diferentes: una por entero masculina, jactanciosa y académica; la otra, mixta, amable y doméstica.  Habían crecido pero se habían alejado.
(…)Parte de la dificultad residía en el papel de amante sentimental que Ronald eligiera para sí, muy distinto del carácter que demostraba a sus amigos varones. Había entre ambos verdadero amor y comprensión, aunque él solía envolverlos en ese cliché romántico; si en cambio le hubiese mostrado más su aspecto «libresco», si la hubiese incluido en su relación con sus amigos varones, tal vez ella se hubiese inquietado menos cuando esos elementos se alzaban amenazantes contra el matrimonio. Pero él resolvió mantener separadas las dos partes de su vida.
Carpenter, 1990, «Headington».
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A comienzos de 1968, cuando Tolkien contaba setenta y seis años y Edith setenta y nueve, decidieron mudarse a una casa más apropiada.
Carpenter, 1990, «Boernemouth».
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Pero el sacrificio tenía una finalidad, y esa finalidad se había logrado. Edith era feliz en Lakeside Road, tanto como en las vacaciones en el Miramar y mucho más que en cualquier otro momento de su vida de casada (…) Y en general, la vida también era mejor para Tolkien. Le gratificaba ver feliz a Edith, y eso se transmitía a su propio estado de ánimo, de modo que el diario que llevó por breve tiempo durante ese período en Boernemouth apenas muestra la depresión que solía apoderarse de él en Sandfield Road.

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Y a finales de 1971 el periodo de Bournemouth llegó bruscamente a su fin. Edith, de ochenta y dos años, sufrió una inflamación de la vesícula. Fue internada, y después de pasar algunos días en grave estado, falleció en la mañana del lunes 29 de noviembre.
Carpenter, 1990, «Merton Street».
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« Con frecuencia me siento muy solo —escribió a su prima Marjorie Incledon—. Después de los cursos, cuando se van los estudiantes, me quedo solo en este caserón, con la única presencia del cuidador y su mujer, abajo, en el sótano. »
(…) Y estaba el viaje en taxi de todos los domingos hasta la iglesia de Headington, y de ahí hasta el cementerio de Wolvercote, para visitar la tumba de Edith. Pero la soledad no lo abandonaba. En el verano de 1973, algunos de sus íntimos observaron que estaba más triste que de costumbre, y que envejecía rápidamente.



*https://es.wikipedia.org/wiki/Edith_Tolkien#CITAREFCarpenter1990