— Carpenter, 1990*, «Lenguajes privados... y Edith».
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(…) a principios de 1908 los
hermanos se trasladaron al número 37 de Duches Road (…) y otra pensionista, una
muchacha de diecinueve años que vivía en el primer piso, debajo de la
habitación de los Tolkien, y pasaba la mayor parte del tiempo atareada con su
máquina de coser. Se llamaba Edith Bratt
(…) Pronto se hicieron amigos. Desde
luego, él tenía dieciséis y ella diecinueve. Pero él era maduro para sus años,
y ella, pequeña y menuda, parecía menor.
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Edith y Ronald comenzaron a
frecuentar las casas de té de Birmingham, en especial una cuyo balcón daba
sobre la calle. Desde allí arrojaban terrones de azúcar a los sombreros de las
personas que pasaban, cambiando de mesa una vez que el azucarero se vaciaba.
Más tarde inventaron un silbido privado. Cuando Ronald lo oía, por la mañana
temprano o a la hora de acostarse, se asomaba a la ventana para ver, abajo, a
Edith aguardando en la de ella.
Entre estos dos seres, sobre todo por el carácter de ambos y la situación en que estaban era natural que floreciera un romance. Ambos eran huérfanos necesitados de afecto, y pronto descubrieron que podían proporcionárselo mutuamente. En el verano de 1909 decidieron que estaban enamorados.
Entre estos dos seres, sobre todo por el carácter de ambos y la situación en que estaban era natural que floreciera un romance. Ambos eran huérfanos necesitados de afecto, y pronto descubrieron que podían proporcionárselo mutuamente. En el verano de 1909 decidieron que estaban enamorados.
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Pero nuevamente los vieron juntos. Esta
vez el padre Francis fue muy concreto: Ronald no debía encontrarse con Edith,
ni siquiera escribirle. Sólo podría verla una vez más, para decirle adiós, el
día que ella partiera a Cheltenham. Luego de eso no debería comunicarse con
ella hasta que cumpliera veintiún años, momento en que su tutor dejaría de ser
responsable de él. Esto significaba una larga espera. «Tres años es terrible», escribió
Ronald en su diario.
— Carpenter, 1990, «T.C., B.S., etc.».
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El padre Francis no era un hombre
lúcido, y no entendió que al obligar a Ronald y Edith a separarse estaba
transformando un amor juvenil en un romance frustrado. Ronald escribió treinta
años más tarde: «Probablemente
ninguna otra cosa hubiera fortalecido nuestra voluntad hasta el punto de dar
permanencia a esa relación (aunque era sin duda un caso de verdadero amor)».
— Carpenter, 1990, «Oxford».
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Recordó luego con tristeza que sus
primeros tiempos en Oxford habían transcurrido «con poca o ninguna práctica de
la religión».
Trató de corregirse y llevaba, para Edith, un diario donde registraba los
fallos y malas acciones en los que había incurrido. Pero aunque ella era para
él un brillante ideal —¿acaso no se habían jurado amor mutuo, acaso esto no los
comprometía? — tenía prohibido escribirle hasta que cumpliera los veintiún
años, y esto no ocurriría hasta varios meses después.
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En la Navidad de 1912 estuvo en Barnt
Green, cerca de Birmingham, con los Incledon. Esta familia solía animar sus
fiestas montando alguna pequeña pieza teatral: en esa ocasión, el mismo Ronald escribió
la obra que representaron. Se llamaba «El Sabueso, el Jefe y la Sufragista». Posteriormente, a lo largo de su
vida, Tolkien mostró cierto desdén por el drama, pero en esa oportunidad no
sólo fue el autor, sino también el actor principal, encarnando el papel del «Profesor
Joseph Quilter, M.A.,
B.A., A.B.C., alias el detective de fama mundial Sexton Q Blake-Holmes, el
Sabueso», quien busca a una heredera perdida llamada Gwendoline Goodchild.
Mientras tanto, la heredera se ha enamorado de un humilde estudiante que vive
en la misma casa de pensión que ella y debe mantenerse oculta de su padre hasta
cumplirlos veintiún años —dos días más tarde—, fecha en que será libre de
casarse.
Esta disparatada
historia familiar era más realista de lo que los Incledon pensaban. No sólo
Ronald cumpliría los veintiuno pocos días más tarde, sino que se proponía
también reunirse con Edith Bratt, a quien había esperado casi tres años, y que
—estaba muy seguro— también lo esperaba a él. Cuando el reloj dio la
medianoche, señalando el comienzo del 3 de enero de 1913, su mayoría de edad,
se sentó en la cama y le escribió una carta, renovando su declaración de amor y
preguntándole: «¿Cuánto tiempo pasará antes de que podamos unirnos otra vez,
ante Dios y el mundo?».
Pero cuando
Edith respondió, fue para decir que se había comprometido con George Field,
hermano de Molly, su compañera de escuela.
— Carpenter, 1990, «Reunión».
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El podría haber decidido olvidar a
la muchacha. Sus amigos desconocían su existencia, y jamás había informado de
ella a sus tíos o primos. Sólo el padre Francis estaba al tanto, y aunque ya no
era legalmente el tutor de Ronald, seguía pensando que el vínculo no debía
reanudarse. De modo que Ronald podría haber roto la carta y dejado que Edith se
casara con George Field.
Pero no era posible romper a la
ligera las declaraciones y promesas de los tiempos de Duchess Road. Además, en
los últimos tres años Edith había sido su ideal, su inspiración, su esperanza
para el futuro. Él había nutrido y cultivado ese amor de modo que creciera en
secreto, aunque su único sostén era el recuerdo de un romance adolescente y
algunas fotografías de cuando ella era aún una niña. A Ronald sólo se le
ocurrió una actitud: ir a Cheltenham, y pedirle que rompiera con George Field y
se casara con él. En el fondo estaba seguro de que Edith lo aceptaría. Así lo
daba a entender ella en su carta, donde explicaba que sólo se había
comprometido con George por lo amable que él había sido; sentía que estaba
desperdiciando su vida, no conocía a ningún otro joven, y después de los tres
años transcurridos, no creía que Ronald quisiera volver a verla. «Empecé a
dudar de ti, Ronald —le decía en la carta—, y pensé que no te preocuparías más
por mí.» Pero también señalaba que todo había cambiado ahora que él escribía
renovando su promesa de amor.
Entonces, el miércoles 8 de enero de
1913 Ronald viajó en tren a Cheltenham; Edith lo esperaba en la estación.
Salieron a caminar al campo y se sentaron a hablar debajo de un viaducto
ferroviario. Al fin de ese día Edith había resuelto romper con George Field y
casarse con Ronald Tolkien.
Escribió a George y le devolvió su
anillo; al principio, el pobre muchacho se sintió terriblemente disgustado, y
su familia, ofendida y furiosa. Pero al poco tiempo no se habló más del asunto
y todos volvieron a ser amigos. Inquieta ante la posible reacción familiar, la
pareja no anunció su compromiso y prefirió esperar hasta que las perspectivas
de Ronald fueran más claras. Pero Ronald Tolkien regresó a Oxford con «una
explosiva felicidad».
Al llegar, lo primero que hizo fue
escribir al padre Francis y anunciarle que pensaba casarse con Edith. Abrigaba
temores, pero la respuesta del sacerdote fue serena y resignada, aunque nada
entusiasta. Con todo, era una buena noticia, pues aunque el padre Francis ya no
era el tutor legal de Ronald, continuaba proporcionándole cierto apoyo
financiero muy necesario y era por tanto esencial que tolerara el compromiso.
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A Ronald le irritaban bastante las horas ocupadas por
las necesidades domésticas. En verdad, Edith y Ronald no siempre estaban
felices juntos. Ya no se conocían tan bien como antes, habían pasado los tres
años de su separación en dos sociedades totalmente diferentes: una por entero
masculina, jactanciosa y académica; la otra, mixta, amable y doméstica. Habían crecido pero se habían alejado.
(…)Parte de la dificultad residía en el papel de
amante sentimental que Ronald eligiera para sí, muy distinto del carácter que
demostraba a sus amigos varones. Había entre ambos verdadero amor y
comprensión, aunque él solía envolverlos en ese cliché romántico; si en cambio
le hubiese mostrado más su aspecto «libresco», si la hubiese incluido en su
relación con sus amigos varones, tal vez ella se hubiese inquietado menos
cuando esos elementos se alzaban amenazantes contra el matrimonio. Pero él
resolvió mantener separadas las dos partes de su vida.
— Carpenter, 1990, «Headington».
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A comienzos de 1968, cuando Tolkien
contaba setenta y seis años y Edith setenta y nueve, decidieron mudarse a una
casa más apropiada.
— Carpenter, 1990, «Boernemouth».
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Pero el sacrificio tenía una finalidad, y esa
finalidad se había logrado. Edith era feliz en Lakeside Road, tanto como en las
vacaciones en el Miramar y mucho más que en cualquier otro momento de su vida
de casada (…) Y en general, la vida también era mejor para Tolkien. Le
gratificaba ver feliz a Edith, y eso se transmitía a su propio estado de ánimo,
de modo que el diario que llevó por breve tiempo durante ese período en
Boernemouth apenas muestra la depresión que solía apoderarse de él en Sandfield
Road.
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Y a finales de 1971 el periodo de
Bournemouth llegó bruscamente a su fin. Edith, de ochenta y dos años, sufrió
una inflamación de la vesícula. Fue internada, y después de pasar algunos días
en grave estado, falleció en la mañana del lunes 29 de noviembre.
— Carpenter, 1990, «Merton Street».
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« Con frecuencia me siento muy solo —escribió a su
prima Marjorie Incledon—. Después de los cursos, cuando se van los estudiantes,
me quedo solo en este caserón, con la única presencia del cuidador y su mujer,
abajo, en el sótano. »
(…) Y estaba el viaje en taxi de todos los domingos
hasta la iglesia de Headington, y de ahí hasta el cementerio de Wolvercote,
para visitar la tumba de Edith. Pero la soledad no lo abandonaba. En el verano
de 1973, algunos de sus íntimos observaron que estaba más triste que de
costumbre, y que envejecía rápidamente.
*https://es.wikipedia.org/wiki/Edith_Tolkien#CITAREFCarpenter1990
*https://es.wikipedia.org/wiki/Edith_Tolkien#CITAREFCarpenter1990
